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sábado, 12 de octubre de 2013
viernes, 19 de julio de 2013
jueves, 4 de julio de 2013
domingo, 19 de mayo de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
sábado, 2 de marzo de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
Feliz cumpleaños Pablo
Feliz
cumpleaños Pablo
Por: Víctor González Solano
(*)
“El tiempo pasa, nos vamos
poniendo viejos…”
Toda la vida Pablo Milanés
ha estado obsesionado por el tiempo, atento al discurrir de la vida, preocupado
porque envejecer es posiblemente la más cruel pero romántica ley de la vida. A
pesar de que todo se refleja en su obra musical y poética, y aunque hace algún
tiempo no aceptaba que los años son nuestra más inseparable compañía, Milanés
actualmente admite con gallardía y le saca el mayor provecho a esta verdad.
Contrario a lo que dice su canción, el amor si lo refleja, hoy a sus 70 años,
mejor que ayer.
Pedro Pablo Milanés Arias
es, hoy por hoy, una figura representativa de lo más autentico de la nueva
canción cubana, esa que nació con la revolución y que bautizaron con el nombre
de “Nueva trova cubana”. Alquimista de la vieja y la nueva trova, este músico
ha sabido conjugar perfectamente ambas escuelas para crear un estilo personal
que refleja su amor por el Son y el “Filin” (un termino con tantas acepciones
que solo sus múltiples significados capturan su esencia, pero que, en términos
prácticos, vendría a ser una renovación de la canción nacional cubana cuyo sincretismo tiene como madre a la
más caribeña de las ciudades de área: Santiago de Cuba y la vieja trova
santiaguera) al que perteneció por convicción. Hoy, cuando la vida le ha
permitido recorrer distintos caminos y recoger muchas experiencias, agradece a
su madre, una humilde modista de Bayamo – Pablo nació allí un 24 de febrero de
1943 -, el obligarle a asistir a todos los programas radiales de aficionados y
hacerle cantar delante de todas las visitas que llegaban a su casa, a pesar de
que, en esa época, él solo anhelara jugar a la pelota como cualquier niño de su
edad. Su apellido Milanés, pertenecía a la hija de un acaudalado terrateniente
de Bayamo que en el siglo XIX se enamoró de un negro esclavo, lo que le da
pie para afirmar, entre bromas, que en
su vida las mujeres mandan.
El trovador reconoce que no
tuvo una formación musical real porque siempre abandonaba los estudios. Sus
mayores conocimientos los adquirió en el Centro de Experimentación Sonora con
Leo Brouwer, guitarrista, compositor, arreglista y director de orquesta. Lo
cubano, que es lo que le gusta, lo aprendió de los viejos y trasnochados
trovadores de esquinas que le enseñaron como se tocaba el son. “Esas
enseñanzas se me grabaron en el alma
para siempre” afirmó en una ocasión.
Corre el año de 1959, el de
la Revolución cubana, y la fecha se toma como punto de partida de su carrera
musical con el Cuarteto del Rey, el cual abandona más tarde para dedicarse a
cantar solo. El Saint John, El Karachi, o el Gato negro, fueron algunos de los
lugares donde Pablo interpretó sus canciones y las del “Filin”, al principio de
su carrera. Precisamente a pocos meses de prestar el servicio militar, se vincula a Los Bucanero, un grupo de
reconocida trayectoria en La Habana.
En la actualidad el músico vive
en La Habana. Padre de ocho hijos, se ha casado cuatro veces y mantiene una
excelente relación con sus exmujeres como con la Revolución cubana y un régimen
que defiende pero al cual critica sus errores. Sobre los cubanos exiliados en
Miami afirma que “todos somos hijos de la misma tierra”. Auto declarado ateo,
dice dejar abierta la posibilidad de que algún día, antes de morir, sea un
creyente. De esta manera, remata, “para convencerme de que voy a la gloria en
lugar de ser un pobre miserable ateo que sabe que se lo van a comer los
gusanos”.
Amigos de la buena música,
Pablo Milanés enumera entre sus influencias musicales a las rancheras, los
viejos trovadores, Lucho Gatica, María Teresa Vera, Miguelito Cuní, Benny Moré,
Los Beatles, y hasta el vallenato. Del otro lado del espectro ha trabajado con
artistas como Chico Buarque, Simone, Caetano Veloso, Milton Nacimento, Mercedes
Sosa, Silvio Rodríguez, Víctor Heredia, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute,
Guadalupe Pineda, Víctor Manuel, Ana Belén, Piero, Lilia Vera, Caco Senante,
Andy Montañez, entre otros.
Precisamente hace algún
tiempo fue objeto de un gran homenaje recogido en un CD doble titulado “Pablo
querido”, en el que participan excelentes amigos suyos como el Nobel Gabriel
García Márquez, Francisco Céspedes, Joaquín Sabina, Maná, Illapu, Tania
Libertad, Armando Manzanero, Gal Costa, Marco Antonio Muñiz, Ricardo Arjona, Juan Formel y los Van van,
Fito Páez, Soledad Bravo, Eugenia León, Lucecita Benítez, Iván Linns y Alberto
Cortéz.
Tiene a su haber cerca de
cuarenta discos amén de varias obras colectivas.
Las impresiones sobre su
música pueden dar para escribir un libro completo, pero podría decirse que sus
canciones poseen contenido. Sencillas aunque no simples, son capaces de llegar
a cualquier público. En su recorrido por el pentagrama es solidario, pesimista
algunas veces y optimista en el mayor de los casos. El amor, el engaño, el
dolor, la rabia, la ternura, la alegría y la esperanza son elementos esenciales
en sus creaciones. Son tan incontables los temas como las canciones que
Milanés, además, ha compuesto para el cine cubano.
Sus canciones exhalan un
erotismo sencillo, cotidiano, que se ajusta a la belleza de la metáfora: “Déjame repasar tus accidentes / detenerme
a palpar cada medida / humedecer tus ojos y tus fuentes / y penetrar al fondo
de tu vida” (‘Comienzo y final de una verde mañana’).
Pero también una belleza e
imaginación envolvente que demuestra la pureza del erotismo: “Que más puede ofrecerme / ese cuerpo
desnudo / que una hermosa sesión / de locura de amor / Quiero morir debajo de tu piel / voy a vivir para que pueda
ser” (‘Ser y no ser’).
Pablo no es ajeno al dolor
de nuestro continente, y su sentimiento de solidaridad y respeto se palpa en el
tema ‘Yo pisaré las calles nuevamente’, en
donde plasma un sentimiento mezcla de ira, dolor y esperanza: “Yo pisaré las calles nuevamente / de la
que fue Santiago ensangrentada / y en una hermosa plaza liberada / me detendré
a llorar por los ausentes”.
Y es que el derrocamiento
del mandato de la Unidad Popular en Chile por parte de los militares en 1973 lo
afectó tanto que, además de la anterior canción, Pablo compuso esta emotiva,
sentido y dolorosa página a su amigo Salvador Allende en su combate por la
vida: “Que soledad tan sola te inundaba /
en el momento en que tus personales/
amigos de la vida y de la muerte / te rodeaban/ jamás un pensamiento /
de pluma y palabra / de vino en tan fuerte adalid / Cesó por un momento la
existencia / morías comenzando a vivir”.
Es “Yolanda”, la obra
clásica de amor de Pablo, espacio donde se ubican, como en el poema de Martí,
los versos sencillos para la mujer que lo llena todo. Más que una canción es
una verdadera declaración de amor: “Si
alguna vez me siento derrotado / renuncio a ver el sol cada mañana / rezando el
credo que me has enseñado / miro tu cara y digo en la ventana: Yolanda,
eternamente Yolanda”.
Pablo Milanés, un hombre de
70 años que vive el presente y lo comparte con el público, que no vive para el
futuro ni para quedar en la historia. Un poeta con sangre guerrera que lucha
con su música por la vida y la unidad latinoamericana, sin preguntarse nunca
cuánto ganó o cuánto perdió. Siempre
consiente que no vive en una sociedad perfecta. Un romántico que disfruta el
comienzo y final de una verde mañana, que sueña con la novia que nunca ha
tenido. Y aunque sabe que ya se va aquella edad los días de gloria seguirán
llegando. Aun así, Pablo pone en la tierra sus pies para besar a Yolanda,
Aydee, Sandra, y decir con autenticidad y en nombre de los nuevos: Buenos días
América, aquí me quedaré porque mi propuesta es de este tiempo de amor. Feliz
cumpleaños Pablo.
(*) Director y presentador del programa radial Viaje Latinoamericano.
Vigoso@gmail.com
sábado, 23 de febrero de 2013
jueves, 21 de febrero de 2013
domingo, 17 de febrero de 2013
Benny Moré, hoy como ayer 50 años después.
Benny
Moré,
hoy
como ayer 50 años después.
Por: Víctor González
Solano
(*)
Los
héroes mueren jóvenes.
Nicolás Guillén
La primera vez que escuché
al Benny Moré fue en la casa de mi tía Rosa. Ella tenía un radio Philips que,
cuando no estaba sintonizado en Emisora Riomar para escuchar las radionovelas, estaba sintonizado en Radio Reloj para escuchar música. Aquella
canción que sonó con el clásico ruido del "scratch" de los discos de
vinilo de la época, me produjo algo de nostalgia. Era un bolero, que aun hoy,
me produce lo mismo. La voz de aquel cantante tenía magia y era como si Dios cantara a través de él. A pesar de mi corta edad aquellas canciones me
gustaban. Cuando terminó la canción, el locutor de turno, con voz grave,
anunció el nombre del tema y su interprete: “Acabamos de escuchar al Bárbaro
del ritmo, al cubano Benny Moré con el tema de Ernesto Duarte Como fue”. Desde
aquel momento Benny se quedó para siempre en mi gusto musical.
Ya musicólogos, biógrafos,
periodistas, cineastas y hombres de cabellera plateada han descrito con exceso
todo cuanto al parecer podría ser la síntesis de ese fenómeno musical. De ahí
que no pretendamos consignar nada que posiblemente no haya sido dicho ni mucho
menos sentar cátedra, ni dogmas de fe. Tan solo queremos rendir un homenaje a
quien se marchó hace medio siglo pero que nos sigue deleitando a través de su
cubanía, su sabor, su música.
Gracias a esos documentos
fílmicos en blanco y negro y a la descripción exacta de quienes tuvieron la
dicha de conocerle y disfrutarle sabemos que en verdad era un bárbaro. Que en
el escenario se entregaba, que su gracia era inigualable, como inigualable era
su forma para dirigir a los muchachos de su banda gigante, de su tribu, a sus
“babies”. El Benny revolucionó la manera
de dirigir y hacer música en la Cuba de su época con su estilo único, compuesto
de ese toque mágico, de esa alquimia de movimientos, expresiones y gritos
suigéneris entre todos los músicos del Caribe. Sin embargo, son muchos los
músicos y cantantes modernos en quienes es fácil advertir rasgos notorios del
estilo empleado por el hijo de Santa Isabel de las Lajas, que no leía ni escribía música, pero que era un
genio en lo musical.
A
las siete de la mañana del domingo 24 de
agosto de 1919, en el populoso barrio de Pueblo nuevo de la ciudad de Santa
Isabel de las Lajas (Provincia de Cienfuegos), en el centro de Cuba, de las
entrañas de Virginia Secundina Moré, como parto prodigioso, surgió Bartolomé
Maximiliano Moré Gutiérrez, descendiente
de un rey Congo.
El
Benny estudió su primaria en la Escuela de instrucción pública José de la Luz y
Caballero. Desde muy niño trabajó. Lo hizo como vendedor de hierbas
medicinales, frutas y verduras. Luego se
empleó como cortador de caña. Aquellos sueldos le permitieron ahorrar para comprar
su primera guitarra. A partir de ese momento la música, como un demonio, se le
mete en el cuerpo y el espíritu. Comienzan entonces sus andadas por bares y
cantinas donde deleitaba a los borrachitos que al final le llenaban el sombrero
de monedas y billetes. También en muchas ocasiones fue expulsado de los sitios
nocturnos de la elite habanera por el color de su piel. Aquella humillación
poco le afectó. El Benny quería más y por eso decide presentarse en el programa La corte suprema del arte de la emisora CMQ, donde realizaban un
concurso para aficionados del canto. A pesar de que en su primera presentación
la campana que descalificaba al concursante sonó antes de que el Benny
terminara su primera estrofa, esto no fue motivo para no probar de nuevo. Días
más tarde, en su segundo intento, logró
el primer lugar. El Conjunto Cauto, que dirigía el tresero Manuel Mozo Borgellá, lo reclutó y lo paseó por diferentes sitios
nocturnos de la Habana.
Miguel
Matamoros, director del Conjunto Matamoros, se indispuso horas antes de una
presentación. Siro, integrante del conjunto, que conocía a Benny Moré, le
sugiere a Miguel que lo llame para que lo remplace aquella noche. Benny, por
supuesto, se sobra en su presentación y Matamoros queda gratamente
impresionado, hasta el punto de dejarlo como cantante de planta. Su vinculación
con el Conjunto Matamoros sería por varios años. Con este grupo se da su inicio
como cantante profesional. Sus primeras grabaciones con Matamoros fueron
Penicilina, de Alberto Valdés; Malos vecinos y Ofrenda criolla, de Miguel
Matamoros, y Mexicanita, de Nené Enrizo. Cuando Benny escuchó por primera vez
su voz en una grabación quedó muy sorprendido.
A
mediados del año 1945 el conjunto Matamoros viaja a México para varias
presentaciones. Estando en México,
Rafael Cueto, otro de los integrantes del grupo, le sugiere al Benny que se cambie
el nombre ya que Bartolomé no es nada artístico y además, en México llamaban
Bartolo a los burros. Entonces decide llamarse Benny en homenaje al famoso
clarinetista Benny Goodman a quien el bárbaro admiraba. El conjunto Matamoros
regresa a Cuba pero Benny se queda en México donde hace inolvidables presentaciones
en los sitios de diversión más famosos. Igualmente graba varios discos con
orquestas como las de Dámaso Pérez Prado, Rafael De Paz, Chucho Rodríguez y Mariano Mercerón. Es México, sin lugar a
dudas, el país que lo lleva al pináculo de la fama.
Cuando regresa a Cuba, en 1950, ya era famoso en
varios países de Latinoamérica. Sin embargo, en su tierra era poco
conocido. Con el tema “Bonito y sabroso”
conquista a sus paisanos y se reafirma como esa gran estrella que hasta el día
de hoy sigue iluminando el universo musical de Cuba y todo el Caribe.
Benny cantó por muchos años con la orquesta de
Ernesto Duarte, quien no lo llevaba a las actuaciones de los sábados y domingos. Aquello llenó de desconfianza
al Benny quien descubre que el motivo por el cual Duarte no lo lleva los fines de semana es por su condición de
negro. La ira y el dolor se apoderan de él y decide irse de la orquesta y así fundar su propia
banda. Nace entonces La banda gigante.
El 3 de agosto de 1953, La banda gigante debuta en el reconocido programa Cascabeles
Candado, de la CMQ Radio. Y comienza el lajero a escribir su propia historia como músico independiente.
Giras por muchos países, reconocimientos por montón, pero nada de aquello permitió
que su humildad, desconectada por completo de falsas modestias, cambiara.
Si bien no
grabó con la Sonora Matancera, porque según Leonardo Acosta al Benny la Sonora
nunca le había sonado, hay quienes manifiestan que sí cantó con ella. Hay
testimonios de muchos de los integrantes del conjunto de Rogelio que lo
afirman, inclusive, su compadre y amigo Chocolate Armenteros lo corrobora.
El color de su piel le impidió entrar a los salones
de la alta sociedad cubana. Hasta los grupos culturales y letrados de afro
descendientes lo rechazaron por considerarlo una mala imagen
de su raza. Pero el Benny se abrió camino por sí solo, con mucho empeño,
sabrosura, criollismo y, sobre todo, mucha humildad.
Sus largas jornadas nocturnas lo llevan a
alimentarse mal y a consumir mucho licor. Aquello hizo mella en su salud hasta
el punto de adquirir una cirrosis
hepática que se lo llevó de este mundo a las 9:15 de la noche del martes 19 de
febrero de 1963. Aquel día llenó de tristeza al pueblo cubano, una tristeza que,
después de medio siglo, permanece en el
aire de la Isla de Martí, una tristeza que no se apaga ni con las canciones del
mismo Benny. Su tumba fue declarada en el 2009 Monumento Nacional y en ella se
lee, a manera de epitafio, una frase de la canción que dedicó a su villa natal:
"Benny Moré, Lajas, mi rincón querido, pueblo donde yo nací”.
A raíz de su temprano deceso el poeta Nicolás Guillen
escribió: "...nace ahora en su muerte para no morir más
el hombre a quien toda Cuba ha llorado ‘con lágrimas que mojan’, pero cuya voz
suena como nunca, sin parar ni apagarse en el aire nuestro de cada día."
Hoy, después de 50 años de haberse detenido su
corazón antillano, algunas personas cuentan que lo han visto pasearse en las
noches habaneras por el Malecón, con sus
pantalones bataholas, sus zapatos
de dos tonos, su sombrero alón y su bastón de latón. Cuando se pregunta a quienes afirman haberlo visto que
cómo es la cosa, solo te responden: “La verdad chico es que yo no sé como
explicártelo, solo sé que el Benny, hoy como ayer, sigue aquí, encantado de la vida”.
(*) Director y presentador del programa radial Viaje Latinoamericano. Vigoso@gmail.com
martes, 27 de noviembre de 2012
sábado, 20 de octubre de 2012
viernes, 19 de octubre de 2012
sábado, 25 de agosto de 2012
viernes, 26 de febrero de 2010
A VELAR A PAPA MONTERO

Cuenta la leyenda popular que en el pequeño pueblo de Isabela de Sagua, vivió un negro de cabeza blanca en canas a quien nunca, a pesar de sus años, abandonó la alegría de vivir. Se llamaba Papá Montero y era medio canallita. Gustaba de bailar la rumba haciéndose acompañar de lindas mulatas que iban con él a todas sus correrías bailables. Los amigos que sabían lo bailador y rumbero que era Papá Montero lo invitaban continuamente a alguna fiesta o barullo.
Cuando Papá Montero muere, abandona la vida con una sonrisa. Pide que en su funeral haya alegría, con música y toque de tambores en vez de lágrimas. La situación la recoge el cancionero folclórico de los 40 en una composición de Eliseo Grenet de quien se dice era su medio hermano, que en su montúnicoes-tribillo decía:
¡A velar a Papá Montero...
En el preciso momento en que se iniciaba la canción, precedidas por las loas al difunto del que había despedido el duelo, en medio de un sepulcral silencio, la viuda, que hasta ese momento lucía atribulada, se acerca al féretro de madera donde sus amigos iban a comenzar a repicar a modo de tambor para acompañar su melodía, y la interrumpe con un grito de ¡canalla rumbero!, lo que entre toques de tambor y voces a capela devino en la tonada:
A velar a Papá Montero zumba, ¡canalla rumbero!
El pintor cubano, Carreño, lo idealiza en su cuadro Los funerales de Papá Montero en 1949, y lo trajo al exilio. Como si fuera poco, este mítico personaje ha seguido inspirando a otros artistas como Emilio Fernández de la Vega y José Chiu.
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